Todo empezó en el parque
La chica no podía tener más de 16 años. Era bonita, con un pelo largo y brillante color caramelo, los rasgos delicados y unos ojos grandes de avellana. Llevaba un jersey verde que parecía recién estrenado y al que, a base de tirones desesperados, le estaba desgraciando las mangas. Se deshacía en llanto, estrujando contra su nariz enrojecida un pañuelo de tela empapado. Apenas se le entendía una palabra, entre sollozos e hipidos.
‒No le vamos a sacar mucho ‒opinó Guerrero, con un suspiro‒. La pobre chavala está histérica.
‒Pero está con Guzmán ‒replicó Leyva, el subinspector, cabeceando hacia el agente, alto y flaco como un poste, con una irresistible cara aniñada‒. Tiene un don para calmar a la gente. ¿Has sacado algo del jardinero?
Óscar Guerrero revisó sus notas.
‒Silvano Nguema, es oriundo de Guinea, pero lleva aquí casi veinte años. Fue él quien llamó desde la cabina de las pajareras. Dice que no vio nada, estaba recogiendo hojas junto al estanque, pero sí que oyó los gritos de la chica. Miró desde donde estaba y vio que había un revuelo tremendo en la zona de los columpios, con muchas señoras chillando y buscando a sus hijos. Echó a correr hacia aquí, sin saber qué había pasado, pero antes de llegar lo paró una mujer rubia que le dijo: “se han llevado a una niña, llame a la policía”. Él le respondió que no llevaba dinero encima. Según el jardinero, la mujer rubia le dio unas monedas y le insistió en que nos llamara, así que…
Las palabras de Guerrero quedaron interrumpidas por un alboroto considerable. Al otro lado de la cinta, un hombre de rostro cuadrado, pelo blanco y abrigo carísimo se encaraba con los agentes que controlaban el paso.
‒¿Y ahora qué? ‒murmuró Leyva, intrigado.
‒Ni idea, ya me ocupo yo.
Se acercó a carreras al cordón policial. El recién llegado había optado por ignorar completamente a Clara, que intentaba explicar la situación con calma y aplomo. Su compañero, en cambio, ya había perdido la paciencia, y repetía en un tono firme y machacón: “lo siento, señor, pero no se puede pasar”. Por la razón que fuera, el indignado caballero del exquisito gabán consideraba más sensato gritarle al otro hombre presente, pese a que la fémina ‒a todas luces indigna de su atención‒ mostraba una mejor disposición para el diálogo.
‒A ver, ¿qué pasa aquí? ‒inquirió Guerrero, plantándose entre los dos novatos y estudiando el aspecto de aquel tipo iracundo.
‒Pasa que tenéis a cualquier imbécil al cargo de tareas que les superan ‒espetó el hombre con rudeza.
‒Lo primero, baje el tono ‒exigió Óscar, mientras colocaba una mano sobre el hombro de Jonás, en un intento conciliador‒. Y lo segundo: identifíquese.
‒¿Tiene usted idea de con quién está hablando? ‒ladró el aludido.
‒¿Que le haya pedido identificación no le deja claro que no? ‒replicó el agente.
Se retaron con la mirada varios segundos. Óscar Guerrero, de hecho, sabía perfectamente a quién tenía delante. Estaba más que harto, como cualquiera en aquella ciudad, de ver al individuo en cuestión en la prensa, tanto en las páginas de economía como en los ecos de sociedad. Evidentemente, no iba a permitirle presentarse allí dando órdenes. El recién llegado no tuvo más remedio que asumir una primera derrota. Ni su nombre, ni su fama, ni su capital, ni su imponente aspecto de jugador de rugby retirado causaron la menor impresión en aquel policía flaco y nervudo que le clavó sin inmutarse los ojos azules más gélidos que el financiero había visto nunca. Conteniendo un resoplido, sacó de su bolsillo una cartera de piel y extrajo su documento de identidad. Guerrero aún tuvo los arrestos y la poca vergüenza de sostener el carné entre los dedos, sin apartar la mirada de aquel gigante un segundo. Su maniobra desafiante ocasionó una indisimulable irritación en el tipo, pero también le bajó los humos.
‒Muy bien, señor Arteaga ‒dijo Óscar, devolviéndole la identificación sin haberle echado ni un somero vistazo‒. ¿Me dice que hace aquí?
‒Esa del banco es mi hija ‒señaló Gonzalo Arteaga.
Las cejas del agente se arquearon.
‒¿Paulina Miranda es su hija?
‒Hijastra. Hija de mi ex mujer.
‒¿De cuál? ‒indagó Guerrero, lacónico.
Las mejillas de Gonzalo Arteaga se colorearon al momento.
‒De la segunda: Esther Miranda.
‒Ah, ya. La modelo…
‒¿Me va a dejar pasar o qué? ‒bramó el empresario‒. ¡Esa niña que se han llevado sí que es mi hija! ¿Entiende usted? ¡Mi hija, Beatriz!
Guerrero hizo un gesto a Jonás, que levantó la cinta lo justo para que el señor Arteaga se tuviera que agachar considerablemente. Clara parecía asustadísima con la situación, pero al novato le estaba costando aguantar la risa.
La antigua estrella del deporte avanzó como un mercancías, el ceño fruncido y la vista clavada al frente, con Óscar pisándole los talones. El subinspector Leyva intercambió una mirada elocuente con el agente. Viendo que la situación estaba controlada, siguió escuchando el testimonio de un atribulado anciano. Sentada en el banco, la joven Paulina parecía haberse calmado por fin, gracias al buen hacer de Ángel Guzmán, que continuaba con sus preguntas. Gonzalo Arteaga enfiló hacia la chica, se paró frente a ella y, sin mediar palabra, le dio un bofetón tan fuerte que la tiró al suelo. Guzmán y Guerrero le saltaron encima, sujetándolo por los hombros. El financiero, ciego de rabia, continuó golpeando a la aterrada chica en la cabeza, mientras ella sollozaba hecha un ovillo. Hicieron falta varios agentes para contener al hombretón.
‒Pero ¿usted está loco? ‒le increpó Leyva, en un tono que habría hecho correr a un oso‒. ¿Se cree que así arregla algo?
‒¡Se han llevado a mi hija por culpa de esta golfa, que además de golfa es imbécil!
‒Será hijo de puta… ‒masculló Clara, olvidando sus exquisitos modales y rodeando a la adolescente con sus brazos.
‒Escúcheme bien ‒advirtió el subinspector‒. Como se vuelva a pasar de la raya le meto un puro que no se le va a olvidar en la vida. Y ni se le ocurra tocarme los cojones con que si no sé con quién hablo, que lo sé de sobra y me lo paso por el forro.
‒Javier… ‒murmuró Ángel, sin perder la compostura‒. Ya le tomo yo declaración al señor. Tomaos un café. Y usted siéntese, si es tan amable…Quince minutos después, el agente Guzmán se reunió con los otros dos, que permanecían en uno de los jardines laterales, dejando vía libre a los de Rastros.
‒¿Y bien? ‒preguntó Leyva.
‒Dice que Paulina toma drogas y que sale con un delincuente, un extranjero. Aunque él ha usado términos bastante más groseros. El chaval se llama, al parecer, Pablo Obiang.
‒Espera… ¿guineano? ‒se sorprendió Óscar.
Él y el subinspector giraron en redondo, buscando al jardinero. Se había volatilizado.