Un jardín en Río Benito
Veinte años atrás Noega apenas llegaba a Las Candelas y, de ahí en adelante, todo era campo. Desde el antaño mítico bar “La Frontera” ‒tristemente reconvertido en correduría de seguros‒, había habido unos cinco kilómetros y medio hasta la aldea de San Benito. Los jóvenes, claro, no querían quedarse allí, así que el pueblo se fue vaciando, hasta el punto de tener que cerrar la escuela y la farmacia. Quedó un puñado de ancianos tristes, mirando con desconfianza cómo Noega iba avanzando sin piedad, devorando terreno, sembrando hormigón y modernidad. Y, entonces, llegó la primera familia proveniente de Guinea. Y, tras ellos, llegaron varias más. Cuando la hilera de edificios alcanzó la aldea, continuando más allá autovía adelante, el “San” se cambió oficialmente por “Río”.
Seguía pareciendo un pueblo, pero uno exótico y colorido, resistiendo en mitad de una amalgama de bloques horrendos. Los habitantes habían pintado las casitas de azul, verde lima, violeta, naranja y amarillo canario. Habían restaurado el desvencijado parque y lijado los bancos. Habían plantado árboles, flores y arbustos, diseñado senderos con piedras, delimitado pequeños huertos de uso comunal. Habían revivido la capilla, bajo la advocación de la Inmaculada Concepción de María, y también la escuela, que fue inaugurada con el nombre de Fernando Poo. Para entonces, solo quedaban dos de los antiguos vecinos: una pareja de hermanos casi centenarios.
‒Primero los colonizamos nosotros y ahora nos colonizan ellos ‒opinó el anciano, escueto‒. A mí me parece bien. Y ojalá fueran más. El pueblo estaba muerto en vida.
‒Y ahora hay niños, fíjese ‒añadió su hermana, con una sonrisa ilusionada.
El inspector Glenn O´Donnel resaltaba en medio de Río Benito como un papagayo entre mirlos. Su piel lechosa y su pelo rojo eran imposibles de ignorar, aunque tampoco ayudaba aquella gabardina gris, ni los zapatos gastados. Todo él iba gritando “policía”, pero eso no le molestaba. En realidad, había asumido mucho tiempo atrás que ni en traje de baño pasaba por otra cosa que por agente de la ley. Así pues, ya no se tomaba la molestia de disimular, sino que, muy al contrario, iba por la vida confirmando en cada gesto quién era. Su curiosa actitud nunca le había cerrado puertas. La gente, al parecer, agradecía saber a qué atenerse. Quizá por eso la pareja de ancianos le encaminó sin sospecha alguna al número 12 de la calle Trascorrales.
‒Diga que va de parte de Balbina y Eufemio ‒le insistieron con candidez.
No hubo dificultad para localizar la vivienda. Era una casita de planta y piso, cuadrada, pintada de un azul rabioso y con contraventanas blancas. Un tosco muro gris de cemento rodeaba un pequeño jardín adosado a la casa. La cabeza de O´Donnel quedaba un trecho por encima de la tapia. En el jardín, una mesa de plástico con varias sillas desparejadas, una sombrilla floreada, macetas decoradas y una hamaca colgando entre dos limoneros. En la hamaca, con un periódico sobre la cara, sesteaba un hombre.
‒¡Disculpe! ‒exclamó el inspector tras aclararse la voz.
El aludido se giró hacia él, retirando a un lado el ejemplar de El Correo Norte y dedicándole de inmediato una sonrisa. Trató de incorporarse, forcejeando con la hamaca.
‒Perdone que le moleste en domingo, señor Nguema…
‒Nada, no se preocupe ‒replicó el otro, levantándose por fin y avanzando hacia la portilla con dificultad, como si se le hubiera dormido una pierna‒. Pase, pase, está abierto. Santo Dios, qué calor hace, ¿verdad? No parece noviembre…
O´Donnel murmuró un “con permiso” y se adentró en el jardín, farfullando su nombre, rango y los motivos de aquella visita. Silvano Nguema no parecía en absoluto preocupado por la presencia de un inspector de policía en su morada. Sin dejar de sonreír, se aproximó a una puerta entreabierta, hizo bocina con las manos y gritó hacia el interior.
‒¡Marisa! ¿Quieres hacer café?
‒¡Voy! ‒respondió una voz desde el piso de arriba.
Tomaron café con hielo, servido por una mujer rubia de ojos celestes, vestida con un guardapolvo estampado.
‒Mi mujer es pintora ‒explicó Silvano, con orgullo.
‒Aficionada ‒replicó ella‒. Lo que soy es maestra, aquí, en la escuela del barrio.
‒¿Llevan mucho casados? ‒indagó O´Donnel.
‒Casi lo mismo que llevo en Noega: treinta años ‒sonrió el jardinero‒. A su familia no le hizo ninguna gracia, se lo puedo asegurar. Pero claro, eran otros tiempos.
‒No seas ingenuo ‒suspiró Marisa‒. Mira lo que le pasó a Gabriel cuando agredieron a aquella pobre mujer. El culpable tenía que ser un negro, por supuesto.
‒Bueno, el testigo se confundió…
‒Se confundió mucho, caray, que el violador acabó siendo un turista inglés paliducho. La gente no cambia, Silvano, o cambia muy despacio.
‒Eso me temo ‒asintió el inspector, cogiendo el hilo‒. Su sobrino Pablo, sin ir más lejos. Sale con una chica, ¿verdad? Paulina, creo que se llama…
Silvano meneó la cabeza, interrumpiendo la inminente pregunta.
‒Sé por qué ha venido usted. Mire, Pablo es un buen chico. Mi hermana Lupe me lo envió para que estudiara y le aseguro que saca muy buenas notas. No se mete en líos, ayuda a todo el mundo y solo bebe gaseosa. Pregunte a quien quiera.
‒Paulina es una chica muy maja, la trajo un par de veces a comer ‒añadió Marisa, con aire apenado‒. No es ninguna mimada, aunque lleve ropa cara y vaya a un colegio de pago. Es una chiquilla enfadada y triste que no sabe qué hacer para que en su familia le hagan caso. Conoció a Pablo cuando a él le prohibieron la entrada en un club, el Mogambo creo que se llama. Resulta que el antro ese es de Arteaga. Estoy segura de que Paulina esperaba echarse de novio a un delincuente, solo por el placer de atormentar a todo su entorno. Sobre todo, a su padrastro, que la ha tratado siempre como a una molestia. Imagínese el chasco de la chica al descubrir que salía con un catequista.
‒¿Ya no están juntos, entonces?
‒Fueron novios tres meses ‒corroboró Silvano‒. Cosas de chavales. De vez en cuando coincidían por ahí, pero cada vez menos. No se puede decir que frecuenten a la misma gente, ¿sabe?
‒Pero Gonzalo Arteaga insiste en que su hijastra aún sale con Pablo, y ella no lo ha desmentido en ningún momento…
‒De eso no sabemos nada ‒dijo Silvano, encogiéndose de hombros.
‒Señor Nguema, una última cuestión. ¿Por qué se fue usted del parque Santa Elena el día que desapareció Beatriz Arteaga?
Silvano parpadeó, confundido.
‒Bueno, me dijeron que habíamos terminado. Mi jornada también, y ya llegaba tarde al ensayo.
‒¿Canta usted? ‒se interesó el inspector, por mera cortesía‒. ¿En algún coro?
La cara del jardinero se iluminó con una sonrisa.
‒Mejor que eso. Veo que no me reconoce vestido de civil…
Entonces fue el propio O´Donnel el que pareció confuso.
‒Mi marido es abogado, aunque no pueda ejercer aquí ‒explicó Marisa‒. Por eso se dedica a la jardinería. Pero, además, lo lleva viendo usted veintitantos años en la Cabalgata de Reyes. ¿No había caído? Silvano es el Rey Baltasar.