Un artículo de:
Olga Lobo
Publicado el:
2024-07-06

Una explicación que no llega

¿Quién anda por ahí?

Primero vio llegar a Lucía, con ese disparatado aire entre mujer al acecho y jovencita de fabuloso desenfado capilar. Abrazada a una pesada carpeta, cargaba un bolso que más parecía una chistera de prestidigitador a punto de vomitar conejitos, sólo que en su caso lo que desbordaba entre las asas eran tizas de colores, recortes de prensa, las varillas de un paraguas mal plegado y otras curiosidades inefables. Para Lucía, acostumbrada al revuelo de los teclados, los teléfonos y las conversaciones cruzadas entre compañeros de redacción, la indiferencia (o quizás resignación conformista) de sus colegas frente al silencio inusual de la ciudad, pesaba como una losa. Los juegos de Begoña se habían vaciado, el Muro y Poniente recordaban escenarios postapocalípticos desolados, los comercios y terrazas de la calle Corrida lucían tan tristes como en los tiempos de la pandemia y en la cuesta del Cholo habían dejado solos los atardeceres del Cantábrico. Una epidemia de desconfianza parecía haberse extendido silenciando las risas de los niños, el bullicio de las calles, los ladridos de los perros y el tintineo de la sidra al espalmar contra el vidrio de los vasos. Los gijoneses vivían suspendidos a una explicación que aclarara cabalmente las razones de los insólitos fenómenos de la última semana. Y esa explicación no acababa de llegar. Pero lo que realmente mortificaba a Lucía, hasta oprimirle el pecho y dejarla sin aire, no era la ausencia de esa banda sonora familiar que anunciaba el inicio del verano, sino la sensación de tener la clave del porqué de esta ciudad tomada, que estaba dejando sin argumentos a policía, medios de comunicación y autoridades de la Villa.

Acodada contra una barandilla del edificio, sin poder apartar la vista de los cientos de erizos que habían invadido la calzada, Lucía esperaba ver salir a su amiga. Una hilera de hormigas había decidido utilizar su antebrazo como puente, para ir a protegerse en una de las grietas de la pared. Para no amedrentarlas, la periodista no se atrevía a moverse, así que esperó hasta que la última de la fila llegara a la meta y sólo después, satisfecha, se dirigió a la entrada. Cuando estaba a punto de entrar y preguntar por la inspectora al agente de la puerta, ésta se abrió de golpe para dar paso a una Natalia apresurada. Al verla allí plantada, frunció el ceño y apuró el paso.

 

Continuará…