Una rueda de prensa
Margarita Verdugo atravesó la sala de visitas de Los Acebos, caminando resuelta entre las mesas, saludando con breves inclinaciones de cabeza y fingiendo no oír los comentarios a sus espaldas.
‒Pero ¿es ella de verdad?
‒Imposible. Te digo yo que no.
‒Que sí, que es ella, hazme caso. Viene todas las semanas a ver a aquella señora.
‒¿Es una familiar, o una amiga?
‒Ni idea, chico, aquí nadie suelta prenda…
‒Pero ¿es la Verdugo, en serio?
‒Que sí, Honorio, ¿no la estás viendo?
‒Coño, qué vieja está…
‒No, si pretenderán que luzca como la Bella Otero, no te jiba ‒farfulló Margarita, sentándose frente al ventanal, en una de las mesas del fondo.
Mariana, ataviada con un camisón celeste, bata a juego y pantuflas, interrumpió su importante quehacer y la miró, ladeando un poco la cabeza en un gesto de ardilla curiosa. Sus ojos claros parpadearon y esbozó una sonrisa deslumbrante, luciendo aquellos perfectos ‒y carísimos‒ dientes postizos.
‒Perdone, señora, ¿no nos hemos visto antes?
‒Sí, Mariana, corazón mío ‒respondió Margarita, quitándose el pañuelo del cuello y acomodando el enorme bolso sobre su regazo‒. Jesús, el calor que hace aquí. ¿Cómo te encuentras, querida? Oh, estás jugando con la plastilina, ya veo. Muy bien, bonita.
Julia le sirvió café negro sin azúcar y rellenó la taza de cacao de Mariana, que lo observaba todo con expresión reservada. Se notaba lo hermosa que había sido. Mucho más que Margarita, en opinión de esta. Pese a la demencia, las arrugas, el gesto desubicado y aquellos pelos de loca, seguía siendo una belleza de mujer.
‒¿Otra vez se ha negado a peinarse? ‒inquirió la Verdugo.
‒Nada, no hay manera ‒confirmó Julia‒. Como vea cerca un cepillo, nos muerde.
‒Estarás contenta, con esa pinta de verdulera chiflada…
Mariana les hizo una pedorreta a ambas y siguió a lo suyo, amasando bolitas y colocándolas sobre la mesa.
‒Tráeme un canutillo de crema, Julia, tesoro ‒rogó Margarita‒. Lo demás lo repartes por ahí, y por supuesto os quedáis los mejores para vosotras.
‒Tres docenas, Doña Margarita ‒regañó la joven‒. No tenía usted por qué.
‒Y por eso lo hago, maja. A ella tráele la gelatina, como siempre. Los pasteles no quiere ni verlos, si le ofrezco uno seguro que me lo pone de sombrero…
‒Perdone, señora ‒insistió Mariana, en tono amable‒. ¿No nos hemos visto antes?
‒Que sí, criatura, no seas pesada. Que soy tu hermanastra. Papá dejó a mi madre por la tuya. No creas que te guardo rencor, quería odiarte, pero es que eras monísima. Como tu madre, la verdad, aunque tú eras un encanto y ella una zorra con muy mala leche. Las dos escribíamos sobre crímenes, ¿te acuerdas? Yo recopilaba casos reales y tú te los sacabas de la manga. Qué truculenta has sido siempre, Mariana, qué bien se te daban aquellos espantos, considerando que eras una maestra solterona de provincias aficionada a los gatos y a la jardinería… Empecé en El Pionero y me pasé luego a El Correo Norte, llevo allí cuarenta años. Soy famosa, ¿sabes? Tú nunca quisiste eso, pero escribías mejor que yo. Firmabas todas tus novelas como “Sir Robert Dockery”…
‒Richard ‒espetó Mariana de repente‒. “Sir Richard Dockery”, no seas burra.
La Verdugo soltó una carcajada y le acarició a su hermana el pelo desgreñado.
‒Así, querida, déjala salir. Esa es la Mariana que yo conozco…
‒¡Uy, uy, la princesa! ‒gritó alguien al otro lado de la sala. Margarita reconoció a una de las sobrinas de Don Amadeo. Una mujer rechoncha, con un tono de voz de lo más irritante‒. ¡La princesa en la tele, Julia! ¡Dale, dale! ¡Sube el volumen, corre!
Se refería, por descontado, a Nahit Roshen. De improviso, había decidido romper su mutismo, salir de su mansión en Altagracia y conceder varios minutos al ejército de periodistas que montaba guardia frente el portón desde la noche del martes. Se hizo un solemne silencio en la sala de estar, interrumpido únicamente por el canturreo de Olvido Carril, que repetía en bucle el estribillo de uno de los grandes éxitos de Karina.
La heredera al trono de Nuhurdistán avanzó, temblorosa pero entera, hacia el marasmo de micros y pequeñas grabadoras que bailaban apremiantes ante ella. La sucesión de flashes parecía fuego a discreción. Nahit, una mujer de apenas veintinueve años, poseía una de esas bellezas rotundas, de las que dejan sin aliento. Tenía una mata de pelo negro azulado, los ojos rasgados y enormes, labios carnosos con un irresistible lunar en la comisura izquierda, y una nariz ligeramente aguileña que hubiera afeado cualquier otro rostro, pero que, en ella, suponía un broche de auténtica perfección. Siempre vestía con una elegancia clásica, impropia en una mujer tan joven y que, sin embargo, le daba un aire aristocrático. Nahit era regia, y lo era de un modo inconsciente y natural. Incluso en aquella ocasión, pese a su aspecto desmejorado, conservaba un poder de atracción incuestionable. Llevaba el pelo lacio, sujeto detrás de las orejas con desgana; gafas de sol tapándole media cara; pantalones beige y blusa blanca; calzado deportivo y una cazadora de pana marrón que nadie habría imaginado jamás en el exclusivo vestidor de la princesa Roshen. Había adelgazado, y parecía casi doblada sobre sí misma. Como si le hubieran echado encima veinte años aquella última semana.
‒Buenas tardes, gracias por venir ‒empezó. Su voz, antes profunda y acariciadora, sonaba de pronto ronca, cansada y monocorde‒. Solo quería agradecer a todos las muestras de apoyo y cariño que me han ido llegando en estos días…
‒No está el marido ‒apuntó Mariana, comprobando con disgusto que ya no le quedaba plastilina.
‒No está, cierto ‒asintió Margarita‒. Es raro que no haya salido con ella…
‒Es que no está ‒repitió Mariana, aplastando con alborozo las pelotitas para volver a empezar con el juego‒. No está en su vida. Escúchala.
‒… por lo que estoy igualmente muy agradecida, de todo corazón, a las fuerzas del orden que están trabajando sin descanso para devolverme a mi hija…
‒”Me han ido llegando… estoy agradecida… devolverme a mi hija…” ‒recitó la Verdugo, notando un cosquilleo familiar en la boca del estómago‒. Pues tienes razón, hermana. Habla en singular. Todo el rato en singular. ¿Por qué?
‒Qué poco original ‒decretó Mariana, con visible decepción‒. Ni los rebeldes jazir del norte, ni la resistencia gurani, ni los soldados mujtáhi, ni el malvado tío paterno usurpador. Al final, lo de siempre.
‒¿Dinero? ‒sugirió la Verdugo, aferrándose a la teoría más defendida en El Correo Norte.
‒Sexo, querida ‒contradijo Mariana, amasando plastilina roja y verde en alegre promiscuidad ‒. Deseo, engaño, incapacidad para asumir la derrota, vanidad… Lujuria, Marga. Si la mezclas con envidia, el resultado termina salpicándote.
En un arranque de gamberra lucidez, Mariana lanzó aquella masa informe sobre la mesa, derramando su taza de chocolate en un feliz chapoteo. Sonrió, dando palmas.
‒Hermana ‒declaró la Verdugo, secando el mantel con su servilleta‒. Indiscutiblemente, siempre has sido la más lista de las dos.