Yo voy soñando caminos

Leticia Ruifernández

Leticia Ruifernández

2024-07-08

En 2019 empezó para mí un viaje que no sabía hasta dónde iba a llegar. El viaje iba de la mano de un poeta. Iba de la mano de don Antonio Machado.

En 2019, Diego Moreno, editor de Nórdica, me propuso ilustrar un libro de Machado. ¿Machado? –pensé. – ¿No hay ya mil y un libros de Machado?, ¿qué tiene que decirnos hoy a nosotros, habitantes del siglo XXI?

Para responder a estas preguntas preparé una mochila con las acuarelas y los pinceles y el mapa con las ciudades donde don Antonio había pasado su vida. En todos esos lugares que fueron importantes para él, desde el patio de la casa en la que nació, en Sevilla, hasta su tumba en Collioure, fui buscando sus huellas, el eco de su voz y pintando las acuarelas que luego formarían parte de Yo voy soñando caminos.

La primera de las acuarelas que pinté fue casi como un talismán para el libro. Estaba en aquel momento en Sevilla la exposición «Los Machado vuelven a Sevilla». Entre los originales escritos a mano por el poeta, con esa caligrafía ilegible, entre sus cartas, había un objeto único: su bastón, ese bastón con el que aparece en sus fotografías y que llevó hasta el final del oscuro túnel del exilio. No sabía a dónde me iba a llevar el camino de este libro, pero esa primera acuarela, ese bastón, sería para mí un lugar en el que apoyarme.

Las casas y los institutos en los que fue profesor de francés siguen todos en pie. «Ceniza en vilo» es como define su conservador la pensión en que vivió el poeta en Segovia. El viaje me llevó a estos lugares más visitados, pero también a otros totalmente inaccesibles, como la «Fuente de Guiomar», donde se vería con su amor otoñal, Pilar de Valderrama y que está en el propio recinto de la casa del Presidente del Gobierno, en Moncloa. En ese lugar tan inesperado encontré el silencio, la belleza, el rumor del agua… un lugar donde estaba la huella de su presencia.

Machado fue convirtiéndose a lo largo de este viaje en una voz amiga, necesaria, vigente. En una voz clara, en una presencia. Descubrí que en torno a su figura y su humanidad se han ido congregando a lo largo del tiempo personas a la búsqueda, como él, de la Verdad.

Lorquiano, kafkiano, son adjetivos que indican aspectos que tienen que ver con esos autores. Cuando alguien se define como machadiano, esa palabra conlleva no sólo un amor o devoción por el poeta, (como dice Llamazares en el epílogo del libro), sino una manera de mirar el mundo: tiene que ver con el compromiso social y político, con la profundidad de la mirada, con una manera de ver el paisaje, con un humanismo profundo.

«La poesía es ­–decía Mairena­– el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo. Eso es lo que un poeta pretende eternizar, sacándolo fuera del tiempo, labor difícil y que requiere mucho tiempo, casi todo el tiempo de que el poeta dispone. El poeta es un pescador, no de peces, sino de pescados vivos; entendámonos: de peces que puedan vivir después de pescados».

Después de estos años viajando al lado de Machado puedo decir que sus peces siguen vivos como el día en que él nos los ofreció.