Las vistas desde una cabina
< Todo empezó en un parque (1)
Respondieron a la llamada al tercer tono.
‒¿Diga?
‒¡Marileti de mi vida!
‒¡Eres niña como yo!
Arantxa contuvo la risa. Aquella tontería nunca dejaba de hacerles gracia.
‒¿Dónde andas, Margolles?
‒Paseando a Tronco, que me está mirando mal porque llevo un rato en una cabina.
‒¿Y qué haces en una cabina, muchacha? ‒inquirió la voz de Leticia Ruiz, intrigada.
‒Ahora mismo, hablar contigo.
‒Caramba, carambola…
‒Y, antes de eso, aprovechar las vistas.
‒¿Las vistas a qué? ¿A dónde? ¿Al parque de bomberos?
‒Al de Santa Elena ‒corrigió Arantxa‒. No es lo mismo, pero hoy está muy interesante.
‒¿Cómo así?
‒Coge papel y lápiz, que he salido a lo loco y hay que anotar cosas.
‒Yo siempre tengo papel y lápiz entre manos cuando atiendo el teléfono, querida ‒aseguró Leticia‒. Son mañas del oficio.
‒Pues apunta esto y pásmate. A las 16:45 aproximadamente, yendo por Olivares dirección Cano Larriba, he visto pasar quemando rueda tres coches de la madera con luces, sirenas y la madre del cordero.
‒Como prólogo, te lo compro.
‒Los susodichos vehículos han girado por Roncal que parecía que volcaban y, en cuestión de segundos, ya no se oía nada. Así que he deducido…
‒… parque de Santa Elena…
‒Efectivamente, Ruiz, así da gusto. Me he pegado el trote cochinero, y menos mal que amenazaba lluvia y me había puesto botas de agua, porque, maja, ya no está una para heroicidades de esas de correr en tacones…
‒Al grano, Margolles, que el bloc es pequeño.
‒Total… que usando al perro como coartada, estrenando gabardina y un pañuelo de seda en rojo y camel absolutamente divino…
‒Pues ideal, porque el pelo lila te favorece, sí, pero es un cante.
‒… además de unas gafas de sol, que tienen poco sentido un día como hoy, pero me dan un aire a Sophia Loren que no se puede aguantar…
‒Y que te tapan la cara, que es lo importante cuando una fisgonea.
‒Sí, eso también ‒reconoció Arantxa a regañadientes‒. Bueno, pues lo dicho, que me he ido acercando a la cabina. La del puesto de churros, porque la de las pajareras la estaban revisando de arriba abajo. ¿Te cuento lo que he estado viendo desde aquí, mientras que a mí no me ve nadie?
‒Pues mira, no ‒repuso la Ruiz, lacónica‒. Mejor cuelgo y sigo planchando camisas, que es algo que me erotiza mucho.
‒No insistas, que te lo voy a contar igual. Pero resumido, que esta hija de Satanás no para de tragar duros. Atenta: jovencita histérica, tirándose de los pelos y gritando “¡Beatriz! ¡Beatriz!”; madres desencajadas agarrando a sus retoños como si fueran a salir volando; un par de abuelos al borde del infarto. Jardinero corriendo de acá para allá blandiendo un escobón; policías de Marqués Rivas interrogando hasta a las palomas…
‒¿Quiénes? ¿Guerrero? ¿Guzmán?
‒Dichos, un par de novatos, varios de Rastros y el subinspector en persona.
‒¿Leyva? ¿Seguro que no te ha visto?
‒Me ofende tu desconfianza.
‒Margolles, que los de Marqués Rivas hacen buenas migas con los de Barrio Nuevo ‒le recordó Leticia‒, pero como vean husmeando a la novia de Diego Cotoya, lo mismo piensan que él es un bocas y tú una lianta…
Arantxa chasqueó la lengua. Sabía bien que la Ruiz tenía razón. Y, aunque su presencia en la zona se debía a una mera casualidad, habría resultado sospechoso que ella, flamante reportera de El Correo Norte, apareciera en un escenario investigado por los de Marqués Rivas, sobre todo porque llevaba un año de relaciones con el subinspector de la otra gran comisaría de Noega.
‒A ver, seamos serias ‒rogó‒. Ni el tuercebotas más cretino podría pensar que Diego me ha dado un chivatazo. De saberlo, vendría él mismo a echar un ojo, no me iba a mandar de chismosa…
‒No, si a mí no me tienes que convencer…
‒Diego no sabe nada ‒zanjó Arantxa‒. Lo sabrá no tardando, seguro, porque Arriola y Corsino siempre colaboran, nos consta a todos.
Desde luego, constaba. Los dos comisarios estaban a partir un piñón desde sus tiempos en la academia. Nadie dudaba de que su buena relación había contribuido, y mucho, a la sana competencia y la camaradería entre los dos feudos policiales.
‒¿Lo que dices es que me estás llamando a mí antes que a tu amor? ‒se conmovió la Ruiz.
‒La obligación antes que la devoción ‒asintió Margolles.
‒Bien, el señor te lo pagará. Y me refiero a Barrero, por supuesto.
Miguel Barrero, director del periódico, un amigo más que un jefe, un trozo de pan disfrazado de ogro.
‒Vale, recapitulemos ‒siguió Leticia‒. ¿La historia es que se han llevado a una niña del parque, una tal Beatriz?
‒Impecable resumen, veo que estás atenta.
‒¿Seguro que no se ha perdido? Mi Ramón es capaz de irse a Segovia detrás de una ardilla. A ver si la criatura ha oído al heladero, o se ha quedado tonta delante de un escaparate…
‒No tengo ninguna duda de que se la han llevado a la fuerza ‒atajó Arantxa‒. Lo cual es raro, porque al parecer nadie vio ni oyó nada sospechoso, aparte del jardinero que, de repente, ha pasado de colaborar en todo a hacerse humo.
‒Vaya, pues eso es curioso, cuando menos… ‒admitió la Ruiz‒. Pero, aun así, ¿estás segura de que no hablamos de un despiste tonto, de esos que se arreglan en hora y cuarto?
‒Es un secuestro, Marileti.
‒¿Así, sin paliativos? ¿Cómo lo sabes?
La cara de Arantxa se iluminó con una sonrisa, mientras notaba en la punta de los dedos la quemazón del juntaletras ante la noticia.
‒Lo sé, compañera de fatigas, porque la tal Beatriz es la hija de Gonzalo Arteaga…
Al otro lado de la línea, Leticia contuvo la respiración tres segundos y terminó la frase que había quedado en el aire.
‒… y de la princesa de Nuhurdistán…