¡Qué bien escribe este hombre!

2026-07-07

Pues oiga, sí, qué bien escribe. A lo que me refiero, con este heterodoxo título para un editorial, es al artículo que hoy acompaña a todos los demás en este A Quemarropa y que firma Pablo Batalla, nuestro querido ex director y antecesor de esta que les habla. Qué lacra recae sobre algunas palabras de tanto usarlas para el drama; qué feo suena eso de ex; cuán a buena gana le concederíamos al bueno de Pablo el puesto de director emérito si no nos gustasen más en la Semana Negra las banderas de tres colores que las de dos (o, a lo sumo, la bandera pirata y a correr). A lo que íbamos: alude Pablo en su artículo a esa sensación de desamparo que a todos cuantos escribimos nos invade al pensar que nuestros desvelos a la hora de escribir una obra ha servido para poco o nada; ese vacío ante la falta de cariño -algunos le dicen feedback– de los lectores. La irrealidad entre lo que uno había esperado que era ser escritor y lo que realmente es en un mercado en el que las novedades lo son, a lo sumo, quince días.

Entiéndame. Soy de las que piensan que es una noticia relativamente feliz esta de que el mercado literario esté sobresaturado. Llámenme cándida o naïf, como decía hace unos días, en la Carpa de la Palabra, Sofía Castañón que solía pensarse de quienes prefieren hacer política desde el amor y no desde el odio. Me gusta pensar que todo el mundo puede ver su palabra impresa; que también quienes leemos mucho tenemos hoy muchas más opciones para descubrir novedades que nos hagan un poco más felices. Pero también es cierto que viéndolo desde la bancada de quien escribe este modelo de mercado acogota, cuando no se convierte en una competición que muchas veces acaba por afectar a una salud mental ya maltrecha por la vida cotidiana. Y no se crean que es lloriqueo de perdedora, porque esto afecta hasta a los súper ventas. «A mi lo que me gusta es escribir, no ser escritora», decía, hace unos meses, Lucía Solla, quien con su ópera prima Comerás flores (Libros del Asteroide, 2024) va camino de ser una de las autoras más vendidas -quiero creer que también leídas- de nuestro país.

Tal vez no sea la precariedad en ventas de la que hablaba Batalla la que afecta a la autora gallega -afincada en Asturias, eso sí-, pero en el fondo hablan de lo mismo: la falta de cariño que florece, también, en la tierra abonada de la fama inesperada. Que se lo digan, por ejemplo, a David Uclés. Si a Batalla o a servidora les afecta, más de lo que ustedes puedan creer (lo disimulamos muy bien), la falta de feedback, probablemente a lo que se refiera Lucía Solla, o al menos en parte, sea al aluvión de aceradas críticas que caen, por medio de esa mal entendida democracia virtual de la opinología, sobre su novela. Hordas de hidras desencadenadas que se ven en la necesidad de mostrar su desilusión a la hora de abordar una novela en la que soñaban verse reflejadas, y no. Y no, porque la literatura es mucho más que eso; porque por mucho que se lea o se opine sobre lo que se lee no siempre se tiene más razón.

Sabina Urraca, cuyas ediciones de El Celo (Alfaguara, 2024) ya andan cerca de las dos cifras, hablaba semanas atrás de la obsesión de muchos lectores por identificar las artes, ora la literatura, ora el cine, con «sacarnos una foto con un filtro que nos embellezca». No traspasar nuevos mundos, sino autocontemplar, con ojos aduladores, el propio; vernos reflejadas; que obras como Comerás flores, o la que sea que toque en cada momento, nos hagan un retrato plástico de nuestros jetos, al puritito estilo IA, que no nos decepcione, so pena de mostrar nuestra fusta de bookstagramer en este mundo en el que parece que de todo hay que opinar categóricamente; en que el lector, o la lectora, como los clientes, siempre tienen la razón y esta es inamovible.

Ya ven lo frágiles que las y los escritores podemos llegar a ser. Bien por exceso de feedback o por defecto, lo cierto es que lo que más duele es que pretendan no dejarnos ser. Lo dice Batalla en su artículo –léanlo-: nos emociona más que nos digan que escribimos bien, no tanto si somos o no lúcidos, porque es  lo primero, y no lo segundo, lo que nos define mejor. En el caso de las autoras súper ventas ocurre lo mismo: aunque eso cada vez importe menos en un mundo donde los lineales de las librerías se renuevan semanalmente, como mejor se disfrutan es dejándolas ser, no esperando que nos sostengan un espejo. Dicho todo eso: Yo podría haber sido Fidel Castro (Lengua de Trapo, 2024) es uno de los mejores ensayos que he leído en los últimos años, porque Pablo Batalla es muy lúcido, pero, además, es que el jodío escribe muy bien. Hale: ya está dicho. Seguimos.